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Discurso principal, 88º Banquete Anual del Día Nacional de la Poesía del Círculo Ina Coolbrith (sociedad literaria fundada por Ina Coolbrith, primer poeta laureada de California en 1919), Oakland, California, 3 de noviembre 2007
Cambio
El cambio es siempre el tema del poeta pues él o ella más que nadie vive, o debería vivir, más agudamente la vida - y la vida, si es algo, es el cambio. Al fin y al cabo, la palabra misma significa 'vuelta, torno' y aun el retorno significa un cambio en dirección. Seguido decimos de la poesía buena que es universal y eterna, aunque toda poesía desde Gilgamesh hasta Shakespeare, hasta cualquier poeta contemporaneo/a que queramos nombrar, canta del cambio.
Lo que es universal, eterno es el proceso mismo del nombrar, el poeta frenético nombrando las vagas nadas de la imaginación de Willy Shakespeare, el jarro de Wallace Stevens en medio del bosque en Tennessee, la carretilla roja frente a un cerco blanco de William Carlos Williams - Adán asumiendo control del paraíso nombrando sus partes, haciendo de la Tierra un mundo.
Y ¿qué si no hacer un mundo es la tarea del nombrar, del arte, de la poesía, la palabra misma significando 'hacer, crear'? Benedetto Croce ha dicho que el poema en creación es el poeta mismo/a, la vida, el mundo. Mirando alrededor de nosotros podemos decir en admiración ¡De que gran belleza es capaz el poeta la humanidad! Y a la vez no podemos evitar decir ¡Que mal poeta ha sido la humanidad!
Con las palabras, con la poesía, conscientemente o no, creamos y cambiamos al mundo a través del nombrar y este nombrar tendrá que ser consciente - y valeroso. Ahora, el mundo que hemos creado abruma, amenaza a la Tierra misma que nos ha parido. Para cambiar este estado de las cosas debemos hacernos mejores, mucho mejores poetas (y en verdad ¿quiénes no somos poetas?) - más conscientes y más reverentes de la belleza de este paraíso que es la Tierra; más compasivos de nosotros mismos, de uno al otro, de toda la vida que es la Tierra - y más, mucho más valientes en el nombrar, el nombrar de esas bellezas, simples y complejas; nombrar ese amar a la Tierra y a la vida que da a nacer; el nombrar de esos males que debemos remediar. Tenemos que cambiarnos a nosotros mismos.
La tarea de cambiar, voltear las cosas, crear un mundo mejor es nuestra, especialmente nuetra de quienes nos nombramos poetas, expertos en la palabra, portavoces de la cultura, nombradores. Debemos cantar nuestras alabanzas a la Tierra más clara y fuertemente - y nombrar esos males sociales que nos afligen con más definición y más, mucha más valentía.
Esos de nosotros a quienes llamamos fascistas* (ellos mordidos por la avaricia, ellos devorados por la ansia del poder; ellos intolerantes de diferencias, ellos endurecidos por temores inconscientes o conscientes; ellos listos por la violencia y la crueldad) dominan nuestras vidas con sus guerras aterrorizantes e ilegales; su tortura; su supresión de la democracia y los derechos civiles que la acompañan; su negación del pan, de la medicina, del abrigo, de la educación a los necesitados; sus violaciones de la Constitución que codifica nuestros derechos a la justicia y es la base de nuestra ley, por sus coerciones onerosas del "comercio libre" que benefician solamente a los ricos y violan a la Tierra. Por cualquier definición de la moralidad y de la ley, el Presidente de estos Estados Unidos de América, el Vicepresidente y su índole son mentirosos y criminales; y si fuéramos verdaderamente honrados, verdaderamente reverentes hacia a la vida y a la Tierra, verdaderamente compasivos, verdaderamente valientes lo suficiente para ser dignos de llamarnos poetas, tendremos que nombrarlos por lo que son.
Shelley ha dicho que los poetas son los legisladores ignorados del mundo. Entonces actuemos como tales, pues nuestros legisladores elegidos, por la mayor parte, están muy lejos de ser poetas y demuestran muy poco valor en defensa de la democracia, de la Constitución, de la humanidad, de la Tierra - en nombrar las cosas como son. Hablo no de insultos (el juego de niños y el instrumento de los demagogos), sino del nombrar (el deber del científico y el poeta); hablo no de la opción sino de la obligación. En servicio de las musas, diosas de la cultura, en servicio de la palabra de la cual se forma el mundo, no cabe la cobardía. Decimos o no decimos la verdad, clamamos por la justicia o consentimos al crimen - si no decimos la verdad, si no clamamos por la justicia en una democracia, no merecemos el título de poetas, mucho menos de hombres y mujeres libres - y nos salven los dioses porque entonces nos negamos a salvarnos a nosotros mismos, no solamente de la mordaza sino de la deshonra, y nuestro fin. En una palabra, tenemos que nombrar las cosos por lo que son, hacer nuestro papel para cambiar al mundo, para sanar a la Tierra y realizar el paraíso, el único que conocemos, del cual jamás hemos sido expulsados, pero que hemos realmente comprometido con nuestras extrañas y arrogantes creencias.
Pero aun en cuestionar, nombrar, y clamar por cambio, en el ardor de nuestra justa furia, debemos nunca privarnos de nuestro regocijo, pues en él es la raíz misma de nuestro poder. Nuestro regocijo debe ser tan justo como nuestra furia, arraigada primeramente en el amar, en el amar a la Tierra, en el amar al uno al otro, en el amar a la vida, en el amar a la libertad, en el amar a todo lo que existe. De hecho nuestra rabia es justa solamente porque se nos ha comprometido la alegría por el abuso y la amenaza a todo lo que amamos. (Quisiera imprimir un rotulito para pegar al parachoques de mi auto que diga: "¡No jodes con mi alegría!" y lo haría sino por el temor de verlo en un Hummer, su conductor/a, un celular pegado al oído, forzándome fuera de la carretera.) Y en efecto mucha de mi furia viene de la distracción de tener que confrontar a los "muertífilos" , las fuerzas de la muerte; mucho, mucho más preferiría dedicar mi poesía a la simple y gozosa celebración de la vida, escribiendo poemas de amor. Pero, ¡eh! todos mis poemas son poemas de amor aun los de protesta; como exhorto en uno de estos:
seamos espejos uno para al otro y allí cantemos nuestras canciones de amor
llenas de coraje justo
y de regocijo violado.
[En Protesta de Mi Amor: Fiesta de San Valentín;
Farewell to Armaments; Mary Rudge, Ed., Estuary Press,
Oakland, California 2003; derechos reservados del autor]
El regocijo debe ser a lo que más aspiramos y el amor es su piedra de toque, piedra de toque a nuestras creencias. Efectivamente, nuestra desgracia inmunda está en que nosotros los humanos no hemos todavía aprendido a amar lo suficiente. El cambo mayor debe ser en nosotros mismos. Escribiendo sobre una escultura arcaica del dios de la poesía y la verdad profética, Rilke no pudo evitar la conclusión: Debes cambiar tu vida.
Hay el cambio que no podemos evitar, el movimiento eterno de la vida que toda poesía celebra, el viaje demasiado corto del nacer hasta el morir. Y hay el cambio que necesitamos y debemos hacer. Para hacerlo tenemos primeramente que nombrar las cosas por lo que son - para nombrar las cosas por lo que son es primero verlas claramente, tal como lo hizo Homero aunque fuera ciego. Ver las cosas claramente también es un acto de valor. Debemos cuestionar nuestras propias presunciones y creencias; ponerlas a las más astringentes pruebas del amor. Debemos cuestionar las fuentes mismas de esas creencias. Descender al mismo vientre del pasado y cuestionar a los ancestros:
- Señores míos, Señoras mías, ¿Qué verdad dicen sus flores, sus cantos? ¿Son verdaderamente bellas, ricas sus plumas? ¿No es el oro sólo excremento de los dioses? Sus jades, ¿son los más finos, los más verdes? Su legado, ¿es tinta negra, tinta roja? -
Acepta sólo lo preciso:
lo que te haga amplio el corazón lo que te ilumine el rostro.
Sólo así nos haremos, como decían los nahuas, in ixtli in yóllotl, dueños de un rostro, de un corazón, poetas iluminados dignos del nombre.
blog personal del autor: http://www.rjgonzalezg.blogspot.com
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